Mi hija me ha
contado una anécdota. Ayer, mi nieto Axel empezó a llorar en su cunita. La
puerta estaba cerrada, pero la pequeñaja Roma fue la primera en llegar y
arañarla hasta el paróxismo, de tal manera que consiguió abrirla. Pudo
conseguirlo porque es de pomo, no de manija, pero desde luego, tampoco es
fácil.
Al seguirla mi
hija y mi yerno, vieron que se tiraba sobre la cama, mirando al bebé y su
entorno, como esperando tener que luchar con zarpas y colmillos contra el
peligro que, suponía, acechaba al bebé.
Se calmó cuando
mami tomó a Axel y éste calló.
Roma sólo tiene
dos meses, justo, dos meses y un día más que Axel, pero su instinto animal le
dice que el bebé es un cachorro humano indefenso y corre a protegerlo.
Me han preguntado
si la gatita no tiene celos del niño. ¡Para nada! Ahí está la prueba. La
tratamos como siempre, jugando con ella y tomándola en brazos. Se siente
querida y sabe que el pequeñuelo recién llegado es más indefenso que ella.
En la foto,
estaba yo sentada a la mesa del comedor de mi hija, cuando noté las diminutas
uñitas trepando por mi espalda. ¿Pero cómo...? Pues sí, se había subido primero
a la silla sin notarlo, y luego trepó por mi espalda. Se pasó un rato
revolviéndome el pelo, hasta que se instaló la mar de tranquila en mi hombro,
así, asomando su bonita cabecita, cómo
diciendo “¿Qué pasa?”, je je je...
¡Y esta miniatura es capaz de abrir una puerta cerrada para salvar al
hijo de sus amos!
.
