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martes, 30 de octubre de 2012

El horror de las negligencias médicas






Antonio Meño ha muerto después de 23 años en estado casi vegetal. Digo casi porque en la imagen se ve que sufría. Gritaba y lloraba. No era un vegetal insensible.



Mucho menos lo es su madre, rota de dolor ante la cruel perdida después de 23 años batallando, seguramente abrigando esperanzas que sólo una madre es capaz de cobijar.
Sólo una madre sueña con que su hijo amado se levante y hable a pesar de las odiosas palabras de los galenos, esos que han condenado a su hijo a 23 años de tortura para finalmente llevarlo a la tumba.

Una negligencia médica. Una más de las que ocurren constantemente. El chico entró en el quirófano para una rinoplastia, una simple operación del tabique nasal, pero la incompetencia del médico le destrozó la vida.

¿Saben ustedes lo que es el corporativismo? Está presente en todos los oficios, en todos los estamentos.
Este médico, como muchos otros, se ha ido de rositas ante su crimen porque esto se considera prácticamente como un "daño colateral", eufemismo muy en boga actualmente para definir la muerte de  inocentes por el bien de algo más importante. ¿Y qué más importante para ellos que un compañero de profesión, igual o más inútil que ellos mismos? Recordemos: "Hoy por ti, mañana por mí." Da igual que sean políticos, banqueros, jueces o médicos, así funcionan todos ellos.

El dolor de una madre ante la perdida absurda de un hijo es inenarrable, pero más lo es cuando constata que el criminal se burla y queda impune, porque todos son criminales. Hasta los jueces.