Traigo este artículo de Eduardo Arroyo que analiza el movimiento de los indignados con su habitual claridad, sin dejarse ni un detalle.
El movimiento pretende ser de respuesta "al sistema", "a la clase política", "por la democracia real" y un sinfín de eslóganes cuyo denominador común es el inconformismo. ¿Realmente? No.
Primero, es muy discutible su pretensión de "movimiento integrador" porque, lejos de integrar transversalmente a colectivos sociales escindidos por las irracionales luchas de los partidos, acentúa aún más la división partidista. Los leit-motiv de los "indignados" no hacen otra cosa que vulgarizar los temas de la izquierda y vestirlos de un pretendido desenfado juvenil que aspira a reclamar para sí a la juventud entera.
Como anécdota ilustrativa, en una entrevista televisiva que presencié, sin que sirva de precedente, vi a dos jóvenes del autodenominado Sindicato de Estudiantes. Los susodichos hablaban con un aplomo que quita el resuello -mezcla de verdadera arrogancia y de imberbe estulticia- de "la juventud" sin más, para referirse a las protestas. Naturalmente, esa "juventud" estaba completamente en línea con los mensajes de la izquierda y enfrentada "a la derecha". Por ello sus mensajes presentaban un fuerte contenido "de clase".
Es necesario señalar que el espectáculo de la clase política hace verosímiles algunos de los mensajes pero lo que nos importa aquí es que, primero, ellos son "la juventud"; segundo, que el mensaje "rebelde", que pugna por cambiar las cosas es de izquierdas. A esto se añade otro componente más: lo que queda enfrente; es decir, ese "sistema" que es la causa de todos los problemas "del pueblo", que son ellos naturalmente. Me refiero a ese conglomerado de la clase política -unos más que otros-, la banca, la Iglesia, "los militares", "los neoliberales", etc.
Nada de este esquema se diferencia de la izquierda clásica del siglo pasado. En apoyo de sus tesis, como ejemplos de práxis política, aducen los desahucios, los inmigrantes sin papeles, los pensionistas, los asalariados y los explotados en general. En este pandemonium de causas, orígenes y razones muy diversas amparan su defensa de la "justicia", mayormente apelando al sentimentalismo de corte solidario y filantrópico, fácilmente conectable con el internacionalismo típico del "progresismo" mundial.
También en ese pandemonium, el observador superficial encuentra razones, justificables y atrayentes desde todos los ámbitos, como para asumir que a las protestas "indignadas" les asiste la justicia misma: el pensionista desposeído piensa que los "indignados" defienden su causa; el ama de casa esposa de un parado, ve como los "indignados" paran su desahucio, el inmigrante sin papeles ve como los "indignados" le dicen que no está en nuestro país violando nuestras leyes sino que en España "nadie es ilegal", etc.
Al final todos contentos y si alguien no se siente representado por los partidos al uso -cuyo cinismo y vergonzoso espectáculo proporciona motivos suficientes-, los "indignados" son los primeros candidatos a representarle. Ellos son la respuesta "del pueblo" frente a la clase política.
Sin embargo, ocurre que gozan de una extraordinaria cobertura mediática. El diario El País da por válida su respuesta al gobierno y los paleoizquierdistas de Público -a lo María Antonia Iglesias- jalean descaradamente las protestas. En la televisión, Cuatro y La Sexta son verdaderas tribunas de sus tesis, donde comparece siempre alguien que les da la razón en alguna cosa diferente. Incluso en los informativos de Radio Nacional o en El Mundo -un periódico donde bebe, paradójicamente, buena parte de la derecha española- no se les trata de radicales y los comentarios van desde la crítica de guante blanco hasta la aceptación en calidad de protesta popular legítima.
Si añadimos las sospechosas loas al "movimiento 15-M" de un personaje como Martin Varsavsky, lacayo del clan Rockefeller en nuestro país (entre otros), resulta muy difícil de creer que se trata de un "movimiento" contestatario y popular en claro enfrentamiento con lo que se ha dado en denominar "el sistema". Admitirlo así sería como decir que ese "sistema" es exclusivamente esa especie de "frankenstein" de la propaganda guerracivilista de la izquierda, y que ni El País ni Cuatro, por ejemplo, comparten conexión alguna con el proceso de globalización que sumerge al mundo.
Además, los medios presentan de manera explícita o implícita al movimiento 15-M español como una versión castiza de un fenómeno global. En la reciente exposición realizada en el emblemático Círculo de Bellas Artes de Madrid, conmemorativa del primer año "de lucha" del movimiento, las fotos del 15-M se mezclan con las de otros movimientos pretendidamente análogos de otros países del mundo.
Otros diarios como ABC o La Razón han hecho lo propio aunque fuera para criticarlo. Esta estrategia, alentada por el propio movimiento 15-M y sus múltiples defensores dentro del "trust" macromediático -y por ende financiero y político- presta un enorme servicio al progreso de la globalización en el mundo.
Primero, porque populariza una ideología simplista, sentimental y de consumo entre las masas, al tiempo que demoniza y excluye a los que no se pliegan a ella, por el expeditivo método de meter a todos en el mismo saco del horror. Segundo, porque contribuye de modo eficaz a crear una "conciencia global" a base de explicar que los problemas son los mismos en todas partes. Tercero, porque crea una dialéctica entre "sistema establecido" y "respuesta popular" cuyos extremos se retroalimentan entre si, pretendiendo ambos que no hay una tercera opción y que solo existen ellos.
El resultado es que quedan totalmente fuera del debate político y social y condenados a las tinieblas exteriores de la barbarie y "el fascismo" ciertos temas frente a los cuales tanto el "sistema establecido" como la "respuesta popular" se hallan milagrosamente de acuerdo.
Cosas como la relación entre capitalismo, globalización e inmigración, el papel de la inmigración en la destrucción del Estado de Bienestar, la base capitalista del "invierno demográfico", la relación entre pérdida de identidad y pérdida de derechos sociales y, finalmente, la crisis espiritual que subyace a todos esos problemas son pasmosamente ignorados entre los prestigiosos analistas de los medios y entre la clase política en general.
Así el núcleo duro de la ideología dominante permanece indemne. Y es que los diversos "indignados" de todos los países son la nueva punta de lanza de la revolución globalizadora, el ariete que esa globalización utiliza para absorber y encauzar el descontento social en los límites de una ideología en el fondo nihilista, capaz de instrumentalizar injusticias fehacientes, pero que en realidad sirve para minar y destruir las estructuras orgánicas de la sociedad tradicional y, por ende, las identidades de los pueblos.
En todos estos sentidos, los "indignados" son más de lo mismo y posiblemente el enemigo con el que a medio plazo deba enfrentarse la verdadera resistencia popular.
Como explica Arroyo, el engaño está servido entre las personas incapaces de pensar por sí mismas y sobretodo, con claras convicciones ideológicas que se dejan arrastrar por ellas, convencidas de que todo lo que provenga de su gente es lo mejor sin duda alguna.
Así está convencida mi amiga ANITA, habitual comentarista de este blog, porque los indignados de su ciudad "hacen las cosas bien", sin violencia ni insultos.
Es de agradecer, pero si tal es cierto, no tienen ningún futuro en este movimiento manejado por el capital, es decir, no conseguirán lo que pretenden de buena fe porque no van a dejarles.
Como estos hay mucha gente entre lo que se incluyen los recientemente unidos "iaioflautas", personas de edad, jubilados, porque el deseo de cambiar las cosas es inmenso por parte de todos. Pero no nos engañemos porque quienes están detrás de este movimiento, lo que pretende es minar la sociedad.
Yo lo vi desde el primer momento y publiqué sobre ello. Aquí está el Martin Varvasky de Rockefeller que cita Eduardo Arroyo.
Quien tenga ojos que vea y quien tenga cerebro que lo use.



