Fuga de inspectores del Banco de España con destino a las entidades privadas en pleno rescate
Todos conocemos el famoso dicho sobre un barco que se hunde, ¿verdad?
Es fácil ver cuando no hay vergüenza y se va a lo que se va sin importar las consecuencias que de ello se deriven, en una clara demostración de que están ahí para beneficiarse personalmente, jamás al país y por ende, a los ciudadanos.
Aparte del interés del sector, hay que tener en cuenta el descontento de muchos inspectores, que alcanzó máximos en la época de Miguel Ángel Fernández Ordóñez por la politización de la entidad, el ninguneo de sus alertas e informes (que en muchos casos avisaban del hundimiento de entidades que finalmente hubo que intervenir) o el descrédito que sufrían por la errática política del supervisor. Los inspectores hicieron públicas varias cartas denunciando esta situación. La cima de este descrédito fue la contratación de Oliver Wyman y Roland Berger para hacer los test de estrés de la banca para el rescate porque las autoridades europeas no se fiaban del trabajo de estos profesionales.
Fernández Ordóñez estuvo a las órdenes del Gobierno socialista, politizando la entidad como estos tienen por costumbre, ignorando, ninguneando y tapando el peligro económico que se nos echaba encima, hasta el punto álgido de mayor vergüenza nacional por tener que aceptar que economistas de fuera hicieran el trabajo de los tests de estrés al desconfiarse en Europa de los nuestros.
Todo debe tenerse en cuenta porque los lodos siempre vienen de aquellas lluvias y es evidente que el actual Gobierno no tiene mucho margen de maniobra con la herencia recibida.
Otra cosa es que tampoco sirva para sacarnos de la tormenta que está desmantelando el navio, pero fue el otro quien enfiló la proa directamente y a conciencia, desoyendo las voces de alerta.
Alfredo Pérez Rubalcaba lo sabía. Cuando el PP ganó las elecciones dijo que no duraría media legislatura, que no sabía donde se había metido.
Siguiendo con los dichos marinos, hay uno también muy significativo: Por la boca muere el pez.



