Por fin, a las dos de la madrugada de hoy, la Plaza de Cataluña de Barcelona queda limpia de tarzanes y monas. De ratas y porquería varia. De hedor de camello. De vergüenza.
Mucho le ha costado a Puig cumplir con su obligación, puesto que cuando intervino la primera vez, fue sólo para requisar objetos peligrosos, permitiéndoles volver a aposentarse al cabo de dos horas. Intervención encaminada a prever desgracias por la celebración de Weembley del Barça nada más.
Ahora quedaban cuatro gatos, esos tan chulos que se permitieron afirmar que a ellos no les moverían "ni a hostias" y que podían movilizar a muchísima gente.
Tanto los Guarros como Puig son unos espantajos. Cada uno en su posición, no son más que hipócritas bocazas.
Puig se ha visto obligado ante la inminencia del cambio de Gobierno en el Ayuntamiento, pues, aunque parezca mentira, en la capital de Cataluña todavía no se ha hecho el relevo y el saliente Hereu (PSC) sigue allí, sudando copiosamente por todos sus poros. Trias (CiU), el entrante, se lo dejó muy claro, que hiciése limpieza en la Plaza Cataluña antes de pasarle la poltrona, que no tiene por qué soportar un problema creado por él.
En cuanto a los Guarros, esta madrugada han liado sus palos y lonas y se han ido (quien sabe dónde) porque no, nadie se ha personado allí como se jactaban.
El desalojo ha sido pacífico, se han ido porque, como buenos cobardes, al no tener apoyo, bajan las orejas, meten el rabo entre las patas y acatan. Esta gente sólo es valiente en manada.
