A isra se le ha ocurrido meternos en un juego que ha llamado Proyecto Brainstorm, o lo que es lo mismo, Proyecto Tormenta de Ideas.
Once imágenes numeradas de las que hemos escogido libremente la que nos inspire alguna idea para comentar.
01- sí, bwana
02- dadaista
03- .
04- dadaista
05- .
06- .
07- Yo
08- .
09- Javier Pol
10- Javier Pol
11- Tellagorri

La primera idea que se me vino a la mente al ver esta foto fue de una elementalidad que tumba: "Este tío es un gilipollas".
Pero al fijarme en el color del pantalón, un torrente de luz me inundó de repente. Bueno, a lo mejor fueron los faros del coche, pero no estoy segura, que cuando sucede algo transcendental, en ese preciso momento no te acuerdas de si has puesto la lavadora o no.
¡Verde!, el pantalón es de un verde muy conocido, ¿a que sí?
Y las ideas me cayeron encima cual la joía tormenta que ha provocado isra, sólo tecleando unas "inocentes" palabras en su blog. Este tío es un peligro, tiene armas secretas, como sus "primas" sabatinas. Pero se va a enterar, que las chicas ya nos hemos armado y organizado, sólo esperan mis órdenes de ataque.
¡Uy!, esto me recuerda las dos guerras que libramos en el Qué!, las chicas contra los chicos, porque el demonio rojo, Peterpandemonium, osó llamarnos floripondias. Recibieron una paliza de espanto en ambas ocasiones, que nosotras contábamos con nuestro cuartel general, situado en la morada del Espejo y estábamos perfectamente organizadas, que menuda soy yo para esto y...
- Jem... jem... Leona...- Dime, Bugs.
- Creo que debes centrarte en la foto del Tarzán... crunch... crunch...
- ¡Ostras, es verdad! Ya he vuelto a irme por los cerros de Úbeda.
Bueno, pues nada, después de secarme un poco, lo he visto claro. Nada de gilipollas, nada de Tarzán. Es un agente de la Guardia Civil haciendo su inestimable labor ¡con un par!
Sí, amigos, con lo único que Rubalcaba les permite.
Como sólo les dan un uniforme, lo lavan por partes y ese día, la parte superior estaba tendida. El coche, se supone que estaba escondido entre unos matorrales, pero en realidad, sólo eran dos linternas estratégicamente colocadas porque el coche hace meses que no se mueve del cuartel al no tener piezas de recambio ni gasolina.
Y de las armas, para qué contar... Entre que ETA las acapara todas y el Gobierno prohíbe a los nuestros disparar, los agentes no tienen más remedio que usar las suyas naturales que, no sé si serán reglamentarias, pero... ¡sólo faltaría que se las requisasen! Aquí sí que las mujeres y las novias se iban a plantar ante la Moncloa, ¡y sin detenerse a la puerta! Entrarían arrasando todo y luego los tontiprogres se volverían histéricos por hacerse con un brazo o una pierna del Bobo Solemne, para adorar la reliquía, asegurando que son incorruptos.
Vean, vean la gallardía y el arrojo del agente, dando el alto al coche, apuntando con su arma. Ni Rubalcaba ni ningún corrupto impedirá a nuestros valientes cumplir con su deber.
¡¡¡VIVA LA GUARDIA CIVIL!!!
Como he visto que isra y Guerrera de la Luz están esperando que cuente mi anécdota en Suiza, ahí va.
Fue en el viaje de boda, primero a Francia, a la casa familiar de los fines de semana, en Pézilla-la-Riviére (El Rosellón). Luego nos trasladamos a Lyon, donde tiene el domicilio mi familia. Se casaba una sobrina de mi tía abuela, la viuda del hermano de mi abuelo que luchó con la Resistencia.
La boda era en Suiza y allí que nos fuimos en el coche de Louis, hermano de mi tía. Ibamos cinco en él, contando a Rina, la mujer de Louis, que eran los padres de la novia.
Nos alojamos en un hotelito precioso a las orillas del lago Leman. Un paisaje bucólico a más no poder, un valle rodeado de montañas, con extensos prados salpicados de flores silvestres.
El hotelito era de madera, con una bonita balconada rebosando geranios rosa. Ni un sólo edificio moderno rompía el paisaje. A la puerta del hotelito, una pequeña mesa redonda de hierro forjado y dos sillas a juego.
Nos cambiamos de ropa y nos trasladamos a otra población para la boda. No recuerdo cual era. Llegamos prácticamente anochecido. En el banquete, la novia me presentó a unos amigos suyos españoles que se alborozaron por poder hablar español un rato.
Bueno, esto nos lo saltamos, o se haría muy largo. La fiesta se prolongaba indefinidamente y mi familia, que ya tenía sus años, dijo de volver al hotelito. Aceptamos, qué remedio.
Era a mediados de agosto, pero estábamos en Suiza, rodeados de montañas altísimas, con nieve en sus cumbres, así que por la noche hacía un frío que pelaba.
Al llegar al hotel, estaba a oscuras. Sólo un pequeño farol en el porche de la entrada. Louis llamó y nadie abrió. Se dió a todos los demonios y juró en aramaeo porque... los dueños estaban también en la boda. Era una pareja joven, así que teníamos para horas, je je je...
Nos metimos los cinco en el coche y mi tía sacó mantas del maletero. Una para cada uno. El maletero de los franceses suele estar tan surtido como una vivienda. Recuerdo que en el viaje de Barcelona a Pézilla, cuando nos detuvimos a descansar un rato, mi tía abrió su maletero y en él llevaba nada menos que un pequeño frigorífico conectado a una bombona de butano, ¡joer!, cervecita fresca en cualquier momento.
Al cabo de un rato en el interior del coche, todos hechos un buñuelo, con las piernas encogidas, no lo soporté más y abriendo la portezuela salí al exterior.
El frío era intenso, cortante. Me eché la manta sobre la cabeza y me senté en una silla del velador, apoyando los brazos en la mesita y la cabeza en ellos.
José me siguió, pero se quedó de pie a mi lado, con la manta sobre los hombros, erguido y silencioso. Su barba bien recortada y la manta a modo de capa, le daban un aspecto de caballero medieval.
No sé cuánto tiempo llevábamos así, cuando vi los faros de un coche que se acercaba por la solitaria carretera donde ni uno solo había pasado en horas.
El vehículo aminoró la velocidad, parecía que iba a detenerse pero... ¡al llegar a nuestra altura salió disparado cagando leches!
Ni nos inmutamos. Estábamos agotados y tiritando de frío. Finalmente llegaron los dueños y se deshicieron en excusas. Claro, no habían pensado que abandonásemos la fiesta antes de terminarse. Es lo que pasa por ir con gente mayor.
En Suiza las bodas duran tres días nada menos, así que al día siguiente seguía la celebración con una costillada en un prado detrás del hotelito, en largas mesas y bancos de madera.
Y aquí viene lo bueno, una pareja de mediana edad explicó acaloradamente que cuando volvían de la boda, al pasar por allí habían visto a ¡dos fantasmas!
Yo me desternillaba de risa, pero tuve que disimular porque mi familia no se dió cuenta de lo que había pasado y José no quiso decir que éramos nosotros. Siempre ha sido un soso.
Esto es lo que me recordó la foto del juego. A saber lo que pensaron los del coche al ver que les daban el alto de semejante guisa, je je je...
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